domingo, 16 de junio de 2013

BOMBARDEO A LA PLAZA DE MAYO

 
"LA JUNTA CONDECORÓ A LOS PILOTOS QUE BOMBARDEARON LA PLAZA LLENA DE INOCENTES. ENTRE ELLOS UN CONTINGENTE DE 6TO GRADO DE LA ESCUELA PRIMARIA QUE SE ENCONTRABA EN EL OJO DEL BOMBARDERO, QUE CUANDO VIERON LOS AVIONES LOS ADULABAN PENSANDO QUE ERA UNA EXHIBICIÓN AÉREA". 
 
La Gloriosa Clase '34 
 
Cuando los sortearon para la colimba, les tocó servir en el Regimiento de Granaderos a Caballo. De otro modo aquellos jóvenes provenientes de lugares tan diversos no se hubiesen conocido. Las madres de los muchachos estaban un poco más tranquilas que las demás y hasta orgullosas. Que fuesen destinados en Granaderos era mucho mejor que marina, aviación o simplemente el ejército. Ya sabían ellas el riesgo que corrían sus hijos. Lo sabían por sus padres, sus maridos y por todos los varones que habían pasado por esa experiencia. Algunos no hablaban nunca de eso, otros repetían la proclama de que se habían hecho hombres, otros barnizaban su paso por el servicio militar con una cuota de humor. Para éstos últimos, era el único modo que encontraban de tramitar la humillación que la Fuerza les había hecho vivir. Sabiendo que en casi dos años regresarían a sus vidas, la colimba garantizaba que el tiempo que pasaran allí fuese lo suficientemente penoso como para que no se olvidara jamás. Así y todo, el Regimiento de Granaderos a Caballo, tenía otra impronta. Los trajes impecables, estar en Buenos Aires cerca del Presidente, atenuaba la crueldad inherente al servicio militar obligatorio. Pero mucho más que el hecho de compartir aquel momento insalvable de sus vidas, fueron los hechos que escribieron la Historia los que llevaron a esos hombres a sellar un pacto que los mantendría unidos para siempre. Aquella mañana del 16 de junio cerca del medio día correspondía el recambio de los cuarenta granaderos que estaban destinados a los diferentes espacios de la Rosada. Pero las cosas sucedieron de modo diferente. La orden en las cuadras de armar a toda velocidad los escuadrones sonó fuerte y clara. Luego embarcarse en los camiones, comunicaciones interrumpidas, silencio, frío, miradas insoportables y humo. Al llegar a la Casa de Gobierno… el infierno. El paisaje de los colectivos incendiados, los autos calcinados, la sangre y el profundo olor a muerte provoca el estupor de los granaderos. De pronto un disparo se escucha demasiado cerca y el camión pierde estabilidad. Desde atrás poco puede verse, pero mucho es lo que se puede imaginar. Los gritos de la gente en las calles, desorientada y atónita, se mezclan con las órdenes. Mientras los leales apostados en sus lugares asignados defienden a sangre y fuego la Casa de Gobierno con sus armas de principios del siglo XX –los fusiles Mauser de modelo a cerrojo que sólo cargaban cinco proyectiles– comienzan a llegar los refuerzos. A ese escenario llegó el 3º Escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo. Los conductores de los vehículos se encuentran entre las primeras bajas. Ramón Cárdenas es quien conducía uno de los vehículos de la columna que transportaba el refuerzo a la Casa de Gobierno. Maniobrando bajo el fuego enemigo, logra aproximarlo a la puerta de entrada para que sus compañeros puedan descender más a cubierto. Él fue alcanzado por las balas de los fusiles semiautomáticos FN de procedencia belga que había ingresado de contrabando el Almirante Rojas especialmente para la ocasión. En esa circunstancia los granaderos del 3º Escuadrón tratan de ingresar por la puerta de la Custodia pero se encuentra cerrada. Al abrirse el portón algunos logran entrar durante los intervalos que dan las balas. Muchos resultan heridos. Finalmente otros, como José Alodio Baigorria, Laudino Córdoba, Mario Benito Díaz, Orlando Heber Mocca y Pedro Leónidas Paz tienen menos suerte. Mueren alcanzados por las balas sediciosas. Entre tanto los francotiradores que están situados en el Ministerio de Asuntos Técnicos no dan tregua. Por las calles los insurrectos arrasan con lo que tienen a su paso y el cielo está virtualmente repleto de aviones. De todos lados surcan las balas y caen las bombas que arrojan los veinte North American AT6, los cinco Beechcraft AT11, los tres Catalinas y finalmente de los diez Gloster Meteor. Dentro de la Casa de Gobierno están atrapadas alrededor de cuatrocientas personas –entre funcionarios, empleados y público– inmovilizados y aterrados frente a la masacre de la que son testigos. Protegerlos y luchar contra el enemigo son las órdenes que los granaderos tienen que cumplir. Al mismo tiempo en la terraza del edificio otra batalla desigual se está librando. Víctor Enrique Navarro es uno de los granaderos integrante de la fracción que tenía a su cargo la defensa antiaérea de la Casa de Gobierno. La metralla leal defiende ese espacio sin descanso. En el momento de reabastecimiento de municiones, el granadero se desliza con rapidez… pero no la suficiente. Una ráfaga impiadosa de los aviones golpistas pinta de rojo su cuerpo dejándolo inerme para siempre. Abajo, la orden de salir hasta Paseo Colón y detener a la infantería de marina no se hizo esperar. La consigna era hacerlos retroceder. En inferioridad de condiciones, número y armas los granaderos repelen a la infantería hacia el Ministerio. Entre los escombros, los cuerpos sin vida y los heridos comienzan a aparecer los tanques reforzando la posición aliada. Ese es el momento en que los marinos acorralados sacaron una bandera blanca y la agitaron en señal de rendición. La hazaña de los granaderos parece llegar al final. De pronto, un zumbido imposible, cruza el aire. Ante la mirada atónita de todos cinco aviones Gloster avanzan desde La Boca y apuntan sus veinte cañones con proyectiles explosivos de 20mm directamente sobre la población inerme. Los conspiradores ya se han rendido pero los infames que continúan en el aire ametrallan en son de escarmiento. No satisfechos con ello, sueltan sus tanques suplementarios de combustible de 800 litros sobre esa ciudad abrazándola en fuego. No pudieron matar a Perón, pero no renunciaron al sueño de matar al peronismo en cada víctima que dejaron sin vida en las calles de Buenos Aires. Recién después de eso, voltearon rumbo al Uruguay.
 
 
Francisco Robledo, Miguel Cernada, Diego Bermúdez, Héctor Sosa y Rubén Sosa ya son ancianos. Hablan de aquellos días y lloran y sufren como si los gemidos de dolor siguieran intactos en sus oídos. Como si la sangre, el humo y el polvo estuviesen pegados aún en sus narices. Después de aquella entrega incondicional en favor de la defensa de la vida institucional y democrática de la nación, llegó el silencio. Un silencio doble: el silencio impuesto sobre el relato de los acontecimientos de la historia y el silencio producto de la impunidad. Cincuenta años después la democracia comenzó a escuchar su sufrimiento. Es así que una escuela en la Matanza, lleva en sus aulas el nombre de los “Granaderos del Silencio” en honor a los nueve Granaderos que en forma heroica murieron cuando, cumpliendo la misión de escolta del Regimiento de Granaderos a Caballo defendieron al presidente constitucional durante la matanza del 16 de junio de 1955. En la escuela EPB nº 82 de “La Matanza”, nueve de sus aulas fueron bautizadas con los nombres de aquellos conscriptos de 21 años que resistieron el embate de cientos de militares insurrectos y francotiradores rebeldes que pugnaban por entrar al Palacio Presidencial. Sin nombre y rodeada de una villa, la escuela se levanta entre los escombros a fuerza de pura voluntad y convicción, tal como lo hicieran aquellos granaderos leales que defendieron la democracia en 1955 durante su paso por el servicio militar en el histórico batallón creado por San Martín. En 2010, cincuenta y cinco años después se logra escribir la Investigación Histórica “Bombardeo del 16 de Junio de 1955”, publicación realizada por la Unidad Especial de Investigación sobre Terrorismo de Estado del Archivo Nacional de la Memoria, dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación. También se erige un memorial y se conquistan reconocimientos previsionales para las víctimas del Terrorismo de Estado de 1955. Sin embargo, cincuenta y siete años después, seguimos desenterrando los cadáveres de nuestros hermanos de entre los escombros, abrazados en la esperanza de que su presencia convoque a la Verdad, a la Memoria y a la Justicia para que los responsables civiles y militares (vivos o muertos) de este crimen de lesa humanidad no queden impunes.
 
 
FUENTE:
Viviana Demaría y José Figueroa
demaria_figueroa@yahoo.com.a
Revista El Abasto, n° 144 , junio 2012.